Lupita



Caminaba sin perderla de vista, como una niña busca la mirada de su madre.

Lupita caminaba de la mano de la luna. Con tanto solo 8 años era la alegría de sus padres, pues era la única hija que tenían, y aunque era muy solitaria siempre mostraba sus buenos modales, con su pelo negro ondulado siempre bien peinado, ojos grandes y sonrisa amplia esperaba la llegada de la noche ansiosa para hablar con su mejor amiga, la luna.

La calle de su casa era larga, por las noches le gustaba ir a la tienda de la otra calle, solo para hablar con la luna, le contaba sus deseos más grandes, como si supiera que tomaba nota. Lupita sentía que caminaba tomada de su mano, a veces la veía tan cerca que podía ver el famoso conejo del que tanto hablaban en los libros de la escuela.

Un dia en el pueblo corrió un rumor,

¡Lupita corre a tu casa! ¡Que el dia se hará noche, el sol y la luna desaparecerán!

Cuando Lupita escucho tal fatalidad, su mundo se vino abajo.

Corrió a preguntar a su madre; ¡Mamá es verdad lo que dicen por las calles?! Lloraba desconsoladamente. Su madre le contestó. – Es verdad hijita, yo sé que la Luna es tu amiga, un eclipse ocurrirá y no sabemos lo que sucederá. Lupita seguía llorando.

Los clavos en las ventanas resonaban para cubrirlas con pedazos de madera, toda la gente corría de un lado a otro arrimando víveres de reserva para sus hogares. Esa mañana paso muy rápido. Aquel día era jueves, a la una de la tarde, poco a poco la luna se atravesó entre la tierra y el sol, cubriendo la luz del sol y todo era obscuro, como si fuera de noche, todas las personas del pueblo pausaron sus actividades para presenciarlo. Animales y plantas no entendían lo que pasaba: las flores se cerraron, aves volaban despavoridas a sus nidos y los animales de granja se metieron a dormir.

Lupita sentía un hueco en su pecho, veía todo tan lejano, tan irreal, ella solo quería que todo fuera una pesadilla. Se sentía un aire tenso, nadie por las calles, solo el polvo que recorría el pueblo libremente con un mensaje de alerta. En casa de Lupita sus padres la abrazaban en un rincón, Lupita preocupada por la luna pensaba…. ¿Y si está en peligro? ¿Y si no la vuelvo a ver? ¿Quien me acompañara por las noches? ¿Quien me escuchara?

El radio de baterías entre cortado y en volumen bajo describía lo que sucedía afuera;

-locutor; ¡Un anillo de fuego ha devorado a la Luna!, ¡La luna desapareció!, ¡El sol perdió su fuerza, no brilla más!

Todo era confuso, parecía de noche y solo un aro dorado brillante de fuego decían que apareció en el cielo, ni la luna ni el Sol, que miedo sentía de no volver a ver a la luna. Encerrados en las casas, con lentes obscuros, y sin luz de dia, la niña sufría durante el paso de esas horas, Cuando el reloj marco las 4 de la tarde poco a poco salió el sol, y también las personas de sus casas y sus escondites, todos miraban hacia el cielo, parecían felices de estar vivos, muchos permanecieron con sus lentes de sol por varias horas, al fin se llegaron las 6 de la tarde y Lupita tan pendiente del cielo, sin tener noticias de la luna, nadie decía nada de ella, era cuestión de minutos para que el sol cayera y por fin verla si acaso aparecía.

Su mamá la regañaba pues no era seguro mirar al cielo, pero ella en descuidos, la buscaba, era su amiga, su compañera, su confidente, su alma gemela, y tal vez estaba en peligro. De pronto; ¡Ahí estaba! la luna, tan grande tan llena, se veía enferma, asi la llamaban en el pueblo cuando tenía un aro amarillo alrededor, pero ahí estaba, estaba viva y de regreso, era tan blanca que podía mirarse todo en ella, hasta el conejo de la luna, Lupita estaba muy contenta de haber recuperado a su mejor amiga, la luna. Se prometieron siempre cuidarse una a la otra. La Luna acompaña a Lupita a donde quiera que va, la sigue y la observa como cuando la dos eran niñas.



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